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Si te preguntas por qué no adelgazas en la perimenopausia comiendo igual, la respuesta está en los cambios hormonales, metabólicos y de composición

Sentir que no adelgazas en la perimenopausia, incluso comiendo exactamente igual que antes, es una de las frustraciones más comunes y desconcertantes de esta etapa. Si la báscula no se mueve o incluso sube a pesar de tus esfuerzos, no es tu imaginación ni una cuestión de fuerza de voluntad. La respuesta se encuentra en una compleja reorganización biológica que va mucho más allá de un simple cálculo de calorías. Conviene matizar de entrada una idea muy extendida: los estudios que miden el gasto energético total con agua doblemente marcada apuntan a que ese gasto se mantiene bastante estable entre los 20 y los 60 años, de modo que el metabolismo no se «para» de golpe con la menopausia. Lo que sí cambia de forma clara con la caída de estrógenos es dónde se deposita la grasa y, poco a poco, la composición corporal. A esto se suman otros factores como el impacto del estrés y la calidad del sueño, a menudo afectados por síntomas como los sofocos, también conocidos en algunas regiones como bochornos o calores. Entender estas nuevas reglas del juego es el primer paso para adaptar tus estrategias de bienestar de forma efectiva.
La razón principal por la que no adelgazas comiendo lo mismo es la drástica fluctuación y el eventual descenso del estradiol, la forma más potente de estrógeno. Esta hormona no solo regula el ciclo menstrual, sino que también juega un papel crucial en la gestión del metabolismo energético y la distribución de la grasa corporal.
Cuando los niveles de estradiol bajan, el cuerpo pierde parte de su capacidad para regular el peso de manera eficiente. Según la North American Menopause Society (NAMS), esta caída hormonal favorece que la grasa se acumule en la zona abdominal (grasa visceral) en lugar de en las caderas y los muslos, como era más habitual en la edad fértil. Este cambio en la distribución no es solo estético; la grasa visceral es metabólicamente más activa y se asocia a un mayor riesgo de problemas cardiovasculares y resistencia a la insulina.
Al mismo tiempo, la proporción de andrógenos (como la testosterona) se vuelve relativamente más alta. Aunque sus niveles también descienden, lo hacen más lentamente que los estrógenos, contribuyendo a este patrón de adiposidad central, más típico del patrón masculino.
Aquí conviene bajarle el volumen a la frase «se me ha parado el metabolismo». Los estudios que miden el gasto energético total con agua doblemente marcada apuntan a que ese gasto, ajustado por la masa libre de grasa, se mantiene bastante estable entre los 20 y los 60 años y solo empieza a descender de forma apreciable más tarde. Lo que sí cambia gradualmente con los años es la composición corporal: se pierde masa muscular, y el tejido muscular consume más energía en reposo que el tejido graso. Es un cambio real, pero mucho más lento y discreto de lo que sugiere la idea de un metabolismo apagado de un día para otro.
A esa pérdida progresiva de músculo se la llama sarcopenia. Empieza de forma lenta a partir de los 30-40 años y su ritmo depende mucho del nivel de actividad física de cada una, así que varía bastante de una persona a otra. Es una pieza del puzle, no la explicación completa: en el peso de estos años también influyen el sueño, el estrés, los cambios en el apetito, la medicación y la propia redistribución de la grasa.
En las recomendaciones generales de actividad física para esta etapa, el trabajo de fuerza suele aparecer junto al ejercicio aeróbico como forma de conservar masa muscular. Qué tipo de actividad, con qué frecuencia y con qué progresión es algo que depende de tu punto de partida, de tus articulaciones y de tu historia clínica: es una conversación con un profesional sanitario o del ejercicio, no una pauta que se pueda dar en un artículo.
El mal sueño y el estrés crónico, muy frecuentes en esta etapa, elevan los niveles de cortisol, una hormona que promueve directamente el almacenamiento de grasa en la cintura. Los síntomas vasomotores, como los sudores nocturnos, interrumpen el descanso y actúan como un estresor fisiológico para el cuerpo.
La falta de sueño de calidad desequilibra las hormonas que regulan el apetito: aumenta la grelina (hormona del hambre) y disminuye la leptina (hormona de la saciedad). Como indica la Mayo Clinic, esto provoca antojos de alimentos ricos en azúcar y grasas, creando un círculo vicioso que dificulta el control del peso.
El cortisol elevado de forma sostenida no solo fomenta el almacenamiento de grasa visceral, sino que también puede descomponer el tejido muscular para obtener energía, agravando aún más la ralentización del metabolismo. Por tanto, gestionar el estrés a través de técnicas de relajación, meditación o ejercicio suave es tan importante como la dieta.
Durante la perimenopausia, el cuerpo puede volverse menos sensible a la acción de la insulina. Esto significa que las células no responden tan bien a esta hormona, que es la encargada de transportar la glucosa (azúcar) de la sangre al interior de las células para usarla como energía.
Como resultado, el páncreas necesita producir más y más insulina para hacer el mismo trabajo. Estos niveles elevados de insulina en sangre (hiperinsulinemia) envían una señal constante al cuerpo para que almacene grasa, especialmente en la zona abdominal. La Asociación Española para el Estudio de la Menopausia (AEEM) subraya la importancia de vigilar este aspecto, ya que la resistencia a la insulina es precursora de la diabetes tipo 2 y el síndrome metabólico.
No hace falta una analítica hormonal para explicar lo que estás notando: en mujeres mayores de 45 años con síntomas típicos, la perimenopausia se valora por la clínica, no por un número. Lo que sí suele ayudar en consulta es llegar con tus observaciones ordenadas. Herramientas como la app Avenaia sirven para registrar síntomas, sueño y los cambios que vas notando, de modo que puedas comentarlos con tu profesional sanitario. No interpreta analíticas ni sustituye una valoración médica.
Los cambios de peso graduales en esta etapa son frecuentes, pero hay situaciones que conviene consultar sin esperar:
Si tomas medicación de forma crónica (corticoides, antidepresivos, antipsicóticos, algunos antidiabéticos u otros), coméntalo también: algunos fármacos influyen en el peso y no es algo que debas resolver por tu cuenta.
No es inevitable, aunque sí es frecuente: en los estudios de seguimiento, buena parte de las mujeres gana algo de peso en estos años y también hay quien no lo gana. Lo que no es, en ningún caso, es una cuestión de mérito personal: intervienen la edad, la genética, el sueño, el estrés, la medicación y las circunstancias de cada vida. El descanso, el movimiento y la alimentación influyen, pero qué priorizar en tu caso concreto es algo que conviene revisar con un profesional sanitario, especialmente si tienes o has tenido una relación difícil con la comida o con tu cuerpo.
La acumulación de grasa en la zona abdominal se debe principalmente a la caída de los estrógenos. Esta hormona favorecía el almacenamiento de grasa en caderas y muslos (patrón ginoide). Al disminuir, la influencia de los andrógenos se vuelve relativamente mayor, promoviendo un patrón de almacenamiento de grasa central (androide), típico de esta etapa.
Las dietas muy restrictivas se asocian con frecuencia a pérdida de masa muscular, a un efecto rebote posterior y a una relación más tensa con la comida, y son especialmente delicadas si hay antecedentes de trastorno de la conducta alimentaria. Este artículo no recomienda ninguna pauta concreta de calorías, ayunos ni listas de alimentos prohibidos: si estás pensando en cambiar tu alimentación, plantéalo con un profesional sanitario o de la dietética-nutrición que pueda valorar tu situación completa.
Un análisis puede ser útil para descartar otras condiciones, como problemas de tiroides (midiendo la TSH). Sin embargo, según guías como las de la SEGO, el diagnóstico de la perimenopausia en mujeres mayores de 45 años es clínico (basado en síntomas). Los niveles de FSH y estradiol fluctúan tanto que no son una guía fiable para el manejo del peso.
La terapia hormonal de la menopausia (THM), antes llamada THS, no está indicada para perder peso y no debería plantearse con ese objetivo. Su indicación principal son los síntomas, sobre todo los vasomotores (sofocos, bochornos o calores) y los genitourinarios; tampoco se prescribe para prevenir la enfermedad cardiovascular. Al aliviar los sofocos y los despertares nocturnos puede mejorar indirectamente el descanso, que es uno de los factores implicados. Algunos estudios sugieren además que podría atenuar la acumulación de grasa abdominal, pero la evidencia es limitada y no la convierte en una herramienta de control de peso. Como cualquier tratamiento, tiene beneficios y riesgos que dependen de la edad, del tiempo transcurrido desde la menopausia y de los antecedentes de cada mujer: es una decisión individualizada con tu profesional sanitario.
Este artículo se apoya en organismos y sociedades científicas de referencia. Consulta siempre a tu profesional sanitario.
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